Camino al 19: La inclusion empieza por casa
Punto de vista: Camino al 19
"Si vamos a hablar de inclusión, una cosa debe quedar clara: si esta no empieza por casa, lo demás son tonterías"
Por Gustavo Rodríguez, escritor y publicista
Quien me ha citado en este enorme edificio de apartamentos es un viejo conocido que quiere hablarme de un proyecto de inclusión social. En el vestíbulo pienso en el último CADE y que su tema tuvo el mismo nombre.
El ascensor se abre, meto el cuerpo, y el tema no me suelta. Inclusión social. Inclusión social. Recuerdo a la ministra Verónica Zavala declarando de qué manera el Estado debe ser reformado para que todo ciudadano peruano sienta que es servido. Busco el botón indicado, pero mis ojos son más lentos que mis pensamientos. Por fin aprieto el 19 y me llega una reflexión de Patricia Teullet: que la sobrecarga de la corrupción equivale a que los peruanos paguemos un 20% más de impuestos. Quien no tenga recursos para este "impuesto" extraordinario, no participará del proceso.
La puerta está por cerrarse cuando oigo pasos que corren hacia ella. Busco el botón de abrir la puerta, y a las justas lo consigo. Broma personal: compartir un ascensor es una forma de inclusión.
Quien me acompaña parece ser un mensajero. Nos sonreímos, pero no cruzamos palabras. El ascensor por fin empieza a subir, y miro de reojo al espejo. Mi acompañante se parece a un antiguo compañero cusqueño y, quizá por eso, recuerdo lo que una vez escuché en una mesa de debate: "Para los pobladores de Urubamba, Machu Picchu es territorio de gringos". Increíble: tenemos un Disney World que muchos peruanos no consideran suyo porque no pueden costearlo. En un piso intermedio baja mi fugaz acompañante y me quedo solo con el espejo. Me abrocho el primer botón de la camisa. ¿Qué proyecto de inclusión tendrá mi amigo?
Me vienen las palabras de John Bruton, el que fuera primer ministro de esa Irlanda que saltó al desarrollo: el Perú está en un momento crucial. Tenemos millones de niños en las calles que en unos años pueden ser nuestra principal riqueza. Si no aprovechamos nuestro buen momento económico y les damos acceso a la educación, habremos perdido una oportunidad histórica. Es inquietante saber que nuestro país está a un paso de irse para arriba o para abajo. Sin embargo, mi ascensor la tiene clara: sigue subiendo, aunque lentamente.
Falta un piso. Antes de que se abra la puerta recuerdo una entretenida polémica entre Jorge Avendaño y Enrique Ghersi sobre justicia e inclusión. Ambos coincidían en que llevar justicia eficiente a las mayorías no es cuestión de tener más presupuesto: es cuestión de decisión.
Salgo del ascensor y camino al departamento. Imagino que su vista debe ser maravillosa. Toco y se demoran en abrirme. Mi amigo es un empresario que nunca se interesó en los temas sociales. Nuevamente me pregunto, ¿de qué tema de inclusión querrá hablarme? ¿Tendrá piscina este edificio? El habitante de una barriada sin conexión a agua potable paga diez veces más por un metro cúbico que un acomodado poblador de San Isidro. Somos un país de paradojas.
Me abren por fin la puerta. La joven empleada de la casa me hace pasar y por sobre su hombro veo venir al dueño de la casa que abre los brazos jubilosos. Le sonrío, y pienso rápido. ¿Lo hago, o no lo hago? Decido que sí. Saludo a la chica con un beso en la mejilla, y ella se desconcierta. Quizá mi amigo también. Pero si vamos a hablar de inclusión, una cosa debe quedar clara: si esta no empieza por casa, lo demás son tonterías.
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