Y nació Dios
por Fernando Berckemeyer Olaechea / Analista (diario El Comercio Lima-Peru,Dic28)
Alguna vez escuché a un sacerdote decir que, bien vistos, el día de la Navidad le impresionaba más que el de la muerte de Cristo. Después de todo, decía, hay más distancia entre Dios y el hombre que entre el hombre y la muerte.
La idea es ciertamente poco convencional. Aquello en lo que los cristianos tendemos a centrarnos es en la impactante muerte de Cristo. Pero es bastante más que eso: creo que, queriéndolo o no, el religioso dio en un blanco clave con ella: la muerte de Jesús venía prefigurada en el hecho de su nacimiento. La Navidad es la historia del Dios que se hace hombre. Es, pues, de forma casi sinonímica, la historia del Dios que se hace débil, vulnerable, mortal. Es la historia de la omnipotencia que, por amor, renuncia a sí misma, para tomar la más frágil de las formas de la ya de por sí frágil carne: la del niño. El bellísimo regalo de Cristo a los hombres se vislumbra, pues, en toda su enternecedora entrega, en la figura de ese niñito de Belén que, como todos los niñitos, solo se sosiega cuando se siente envuelto en el abrazo protector de su madre.
No puede ser más revolucionaria la historia de este día. No puede ser más revolucionario este nuevo dios. Créase que es Dios auténtico, o créase que el suyo es simplemente un bonito cuento más dentro los muchos con los que los hombres tratan de completar su mundo inventándose divinidades, su historia rompe esquemas. Un dios que nace. El solo concepto parece una contradicción en los términos. Es como si el lenguaje mismo no nos alcanzara para decir la Navidad. Como si el cosmos entero se hubiese roto, subvertido: Dios es hombre.
Los muchos viejos dioses de la humanidad, aquellos que, áureos y brillantes, poderosos y distantes, habían aterrorizado a los hombres durante tanto tiempo, mirarían entre indignados y despectivos a este Dios en su cuna. ¡Qué diría el tronante Zeus! ¡Cómo bramaría el chacal Anubis! ¡De qué forma blandearía su cimitarra Marduk! Y, sin embargo, dos mil años después, la humanidad sigue contando sus días a partir de este, en el que apareció el niño-Dios.
Y es que algo realmente maravilloso pasó ese día en el que, bajo el cielo de Judea, Dios quiso sentir el clima en su piel. Algo tenía que cambiar para siempre desde el día en que Dios pudo sentir el calor, el frío, el hambre, las caricias de María y el ponerse del sol. Ese increíble día desde el que pudo jugar, tener amigos, sentir el miedo e, incluso, llorar, como en aquella noche terrible de Getsemaní.
Sí: las entrañas mismas del mundo tienen que trastocarse cuando Dios llora y nos llama "hermanos". La soledad del hombre había terminado. El amor, ese que como decía Dante "mueve el cielo y las estrellas", se había encarnado ese día, y caminó con nosotros. Ya nada podría ser igual.

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